23/6/15

Agua...

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AGUA

En el agua asomaban los dedos transparentes del tiempo. 
Se deslizó por ella mi mano y la corriente entonces me agarró; me arrastró entera hacia su hondo recuerdo de cimas.
Y fui hoja flotante... 
Me asombraba al reflejar la paz del cielo mientras cabalgaba en un lomo claro y alegre.
También fui gota única y esencial: espejo de frescura para las liebres sedientas.
Y luego cuerpo pasional de cascada.
Fluí...
Hasta que mi alma gimió el secreto de la vida. 



*** 





 ORACIÓN MAYA
 

Que el corazón del Universo esté en mi corazón.
Que mi corazón esté en el corazón de la tierra.
Que el corazón de la tierra esté en mi corazón.
Que mi corazón esté en el corazón del Universo. 


*

(Gracias, Mª Carmen.)

*

Para el que ame la naturaleza y mucho los animales, recomiendo este vídeo que a mí me ha fascinado. Si os gusta la primera parte, el vídeo sigue en tres partes más. Al final asistiréis a un emotivo encuentro con una pantera, siendo testigos de uno de los momentos más hermosos de entendimiento entre hombres y animales

"La comunicadora animal, Anna Breitenbach":

 https://www.youtube.com/watch?v=MxqKwLPnUvs&index=1&list=LLBXwgdO3GMkTXuIAqKrMaFg

 

El documental lo encontré en este fenomenal blog, del que también he tomado las últimas fotos:

http://mujerdiosa.blogspot.com.es/

Gracias, Delia



*


Visiones (cuento)

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VISIONES


Huí con todas mis fuerzas. El tiranosaurio rugía destrozando árboles a su paso. El miedo tiritaba en mis dientes hasta hacerlos caer. Y cada muela mía gritaba su abandono, allá perdida, en la ira del llano.
Yo corría sin parar, ni siquiera tuve tiempo de calzarme. Tragué muchas exclamaciones, y mosquitos y llantos de cascada. Pero no me detuve. Cabalgaba, sin crines y con dolor en las entrañas.
La sombra del reptil llegó antes que yo. Cubría mi rostro de babas negras. Agarré el palo del pánico, y casi sin corazón, tanteé como un ciego la salida.
Una puerta se dibujó repentinamente entre el follaje. La abrí y pasé al otro lado, casi sin mirar. Y empecé a caer muchos, muchos metros, hasta que mis oídos sintieron el familiar sonido de una voz espectante:

-Roberto, ¿Cuántos clientes nuevos hay? ¿Ya estabas mirando por la ventana como un estúpido?
Venga, gallinácea, que te estoy esperando...

Noté el desagradable aliento llegar hasta mis células olfativas; contemplé una vez más la pequeña baba casi coagulada, escapándose de su comisura irónica. Mi corazón volvió a dispararse.

-Señor Martín, mire como caen por la ventana sus clientes. Me marcho. Busqué el cuello de otra víctima.
Tomé mis cosas y salí con un portazo. Temblaba todo mi cuerpo al imaginar los espasmos de mi mujer desesperada y los llantos de mis hijos con un futuro padre en la calle. Escuché, de fondo, rugidos furiosos, batir de mandíbulas, afilados mordiscos en el aire.

Salí tambaleándome al caminar, pero me llenaba paulatinamente de más y más fuerza conforme veía, en una nueva y lúcida visión, al tiranosaurio derrotado.

8/6/15

Marina (cuento)




MARINA


Cuando recogió sus cosas se dió cuenta de la lágrima de sal vertida sobre la mesa. Se había cristalizado y reflejaba los matices rosados del atardecer que moría a través de la ventana. Luego calleron muchas más, cada una un dimante salino buscando su lugar en el mundo.
Él le había dicho que nunca la reconocía, que siempre hallaba una versión distinta de su ser. A veces era brava y ardiente, y otras, como de frío metal dormido. Cuando se despidió de ella, contempló temeroso las nubes grises que se arremolinaban en su mirada azul. Había quebrado para siempre las olas inmensas que le buscaban desde esa marea hechizante que subía y bajaba en sus ojos. Ella era la misma ondulación del placer, el mismo arrebato de la fuerza creadora, el quieto sigilo de la verdad escondida... Pero no sabía cómo abarcarla.

Marina no alcanzaba a comprender por qué las personas siempre venían a mirarse en sus ojos. Ella no podía verse a sí misma. Cuando lo hacía en un espejo, se mareaba.
Aquel hombre que tanto amó, descubrió allí su destino y tomó todo su brío para cumplirlo. Pero luego la abandonó. Marina le había estado siguiendo el paso, huidizo y amargo, hasta convertirse en el vago reflejo estancado de lo que él era. No entendía cúal era la finalidad de su propio ser. Todas las personas querían conocerse por medio de ella; verse reflejadas en sus ojos. Y ella sólo les devolvía lo mejor de sus almas. Como un espejo que sólo fuera sensible a la luz más pura, su ser se transformaba en lo más elevado del que se miraba. Sus compañeras de trabajo descubrieron que eran, una de plata maciza en su exquisita sensibilidad, otra de oro puro en su bondad, y la otra de cuarzo violeta en su inteligencia. El panadero que le ofrecía su pan, vio reflejados en sus ojos dos espigas maravillosas y supo que él era un hacedor de abundancia. Más adelante, su negocio se expandió por todo el país. Los niños veían las cometas de su futuro y sus propios corazones transformados en soles bienhechores.
Esos ojos maravillosos no juzgaban: eran como el cielo extenso que se respira neutro y limpio. Tenían la poesía del silencio que contiene todas las palabras. Y sin embargo, no era feliz.
¿Quién era ella? Se sentía fuera de lugar, rígida, pesada, extraña bajo unas ropas que no eran las suyas, bajo un tiempo ralentizado y espeso que la atenazaba. Amaba a todos, pero su amor estaba confinado en su ser pequeño y débil.  Y le dolía ese amor por todos sus rincones, porque no podía contenerlo, ni tampoco expandirlo hacia fuera con la intensidad necesaria. Se sentía atada a un sólo instante, que luego derivaba en otro y en otro... No podía abrirse en la flor de todos los instantes que palpitaba en su frente.

Tras contemplar aquellas lágrimas sobre la mesa, cada vez de un rojo más ardiente, sintió el impulso irresistible de regalar todas sus pertenencias. Lo dio todo hasta quedarse desnuda.
Y caminó hacia la playa. Se tendió en la arena y dejó que el sol y el viento le hablaran. Cerró los ojos, y por primera vez en su vida supo quién era, y comprendió por qué sus lágrimas cristalizaban en sales maravillosas al caer. El mar se le acercó y abrazó a su hija, hasta inundarla. Suavemente, dejó que ese lento reconocimiento la embriagara con su maternidad pura y generosa. Sus cabellos crecieron como largas algas tornasoladas; su piel se hizo tan porosa como una esponja, y de sus labios brotó la canción oculta del coral. Sintió el baile de millones de peces atravesando su cuerpo, y el salto de los delfines surcando sonrisas en sus manos.

Imbuida de mar, comenzó a expulsar todo el amor que había estado conteniendo en su pequeño cuerpo humano. Y cada latido de su amor era una onda que terminaba en un beso de espuma sobre las playas del mundo. Y en esa espuma esparcida, todo el que se miraba podía encontrar el mágico sentido de su vida.


20/4/15

Soledad (Cuento)




SOLEDAD

Hacía mucho tiempo que él no estaba allí.
Le pasaban informes, manaba el café, el rayo de sol se deslizaba por los folios a la misma hora cada día. Se esparcían por el aire como polvo flotante las palabras de la gente: “buenos días”, “hasta mañana”, “¡Vaya frío!". Los etcétera de la vida, los puntos suspensivos, las comas, las exclamaciones, los colores de aquel tren metálico, transportador de más y más interrogantes dormidos, con sus maletines, sus bolsos y sus preocupaciones como papeles arrugados, pasaban sin dejar la menor huella en él. No podía sentir todo eso: se hallaba en lo alto de una gran roca, en mitad del mar.
Al encender el ordenador, oía una gaviota pasando rasante sobre su cabeza. Al apagarlo, la luna dejaba caer una gota blanca de melancolía en su cuerpo desnudo y aterido. Tenía miedo y frío sobre aquella roca, pero no podía bajar de ella.
Permanecía allí, anclado, tostándose por la inmisericordia del tiempo. Condenado. 
Las olas azotaban la base de su anacrónico menhir; el silencio se le iba introduciendo en el cuerpo hasta tallar en su alma la dureza de la roca; hasta dibujar en sus ojos la angustia blanca de la espuma que se dejaba morir allá abajo.
Un día tuvo la visión; aquello que empezó a resquebrajar la sal de su cuerpo:
En una reunión de trabajo, tras la comida entre compañeros, contempló un inmenso mar lleno de menhires como el suyo. Y en cada uno de ellos, un hombre, una mujer, un niño, un perro… Era terrible, porque todos, allá arriba, no lograban moverse más de un palmo de su asiento. Algunos gritaban, otros dormían, otros permanecían de pie, con los ojos cerrados. Eran…los solitarios engendrados por la vida. Ninguno miraba al otro. Es más, ninguno sabía de la existencia de los otros.
Al terminar aquella reunión, llegó a su casa, tan vacía y muerta como siempre. Miró por la ventana una calle sin vehículos, sin ruido. A lo lejos, podía notar el tintineo de copas, cuchillos, pasos, palabras cayendo como nieve dulce sobre un mantel recién puesto. Oía sonrisas y voces que parecían venir amortiguadas por miles de kilómetros de tierra, de cemento, de desiertos… Vida, lo llamaban, fluyendo indiferente y exuberante.
Bajó a pasear. Comenzó a caerle un fina lluvia, serena y tímida. Sonrió. Se adhería a su piel como se adhería a las farolas o a los árboles sin dueño: indiferente. Seguía su ley, el curso natural del mundo. Sin saber porqué, se arrodilló sobre un charco. Vio las gotitas hundirse en el agua y dibujar ondas que se expandían hasta desaparecer. Allí se dejó caer, llorando como nunca lo había hecho, hasta quedarse dormido.
Al amanecer, abrió los ojos. Un perfume fortísimo lo despertó. Le miraban unos ojos maquillados de intenso negro, apagados y casi ocultos. Le hablaron unos labios manchados de carmín sobre un cutis todavía joven, untado de crema y tristeza.
La mujer lo levantó. Comprendió en los ojos de él. Rozó su mano sin querer, notando que era casi de piedra, como la suya:

Ambos habían saltado al mar desde su menhir. Y, de algún modo, se habían encontrado.


***